lunes, 1 de octubre de 2012

¿Qué es la Educación Viva?

 
Desde su fundación, el sistema educativo argentino tuvo entre sus objetivos la idea de “formar al ciudadano”: desde la sanción de la Ley de Educación común 1420 (en 1884), la escuela fue concebida como un espacio integrador y homogeneizador, que borraba las diferencias entre los niños, en su gran mayoría inmigrantes. Al darles una lengua y una “identidad” común, los moldeaba para que contribuyeran como mano de obra para la transformación del país. 

 

Esta idea “tradicional” de la escuela subsistió durante casi un siglo y fundó las bases de lo que la sociedad entendió durante mucho tiempo por “educación”: un proceso que consiste básicamente en inculcar contenidos científicos en una situación de asimetría entre quien enseña y quien aprende, en el cual el conocimiento se mueve en forma unilateral: de “arriba” hacia “abajo”, sin tener en cuenta las particularidades de cada sujeto que aprende, concebido como un número más dentro del sistema educativo.

Sin embargo, y a pesar de la globalidad del sistema educativo argentino, existieron referentes que pensaron que otra forma de educar era posible. Una de ellas fue Olga Cossettini, una maestra santafecina que dedicó su vida a transformar la escuela tradicional, la cual recurría al castigo como recurso pedagógico y era ajena a la realidad social. En 1930 Cossettini fundó la Escuela Activa, una experiencia novedosa en la que se impulsaba la educación de los niños y niñas, convirtiéndolos en protagonistas del aprendizaje y no sólo los destinatarios.


A diferencia de los establecimientos educativos tradicionales -también llamados “normales”, en referencia a ciertos parámetros que, sin distinción de contextos sociales, todas las escuelas debían cumplir- la Escuela Activa planteaba un gran respeto por la personalidad infantil, rechazando toda forma de discriminación y sosteniendo la igualdad en consideración a los niños de diversas procedencias, ratificando la aceptación de la pluralidad social, económica y política como substrato republicano.

La Escuela Activa se caracteriza por sus aulas alegres, dinámicas y bulliciosas, ya que se trabaja en forma creativa y colaborativa, lejos del estereotipo del maestro que “baja contenidos” sin la participación del alumno. Desde sus inicios, este tipo de educación se caracterizó por garantizar dentro de las aulas un ambiente de convivencia entre maestros y alumnos, en el que siempre esté presente la cooperación y el trabajo en común. Esta mirada plantea que el maestro es la figura emocionalmente más cercana a los niños, ya que es él quien guía, quien colabora con ellos, quien ayuda a tomar decisiones, quien proporciona fuentes de información, quien respeta y genera respeto; esta figura no amenaza ni intimida ni limita. Esta relación maestro-alumno hace posible un tipo de niño capaz de amar, de comprender y de respetar a los demás, en justa correspondencia con el amor, la comprensión y el respeto que recibe.



En la actualidad, son muchas las escuelas que están replanteándose las viejas ideas en torno a qué tipo de educación queremos para nuestros chicos: ¿es lógico pensar que seres humanos que son diferentes deban aprender al mismo tormo, de la misma forma y los mismos contenidos?

El movimiento a favor de la Educación Viva se cuestiona los postulados fundantes del sistema educativo y propone pensar nuevas formas de educar que no se basen en repetir “saberes” seleccionados por un organismo del Estado sin consideración de las diferencias y las particularidades propias de cada niño. Por el contrario, destaca que parte indispensable del proceso de enseñanza y aprendizaje es darle a quien aprende la libertad de elegir qué aprender y descubrir cuál es la mejor forma para hacerlo. La idea de una Educación Viva pretende respetar el ser particular de cada niño y generar una relación  fundamentada en el respeto, la comprensión y la igualdad.



Entre los antecedentes de esta forma de educar podemos encontrar la pedagogía Waldorf, que tiene sus orígenes en la investigación del científico y pensador austríaco Rudolf Steiner. De acuerdo a la filosofía de Steiner, el ser humano es una individualidad de espíritu, alma, y cuerpo, cuyas capacidades se despliegan en tres etapas de desarrollo hacia la madurez del adulto: primera infancia, niñez, y adolescencia. La pedagogía Waldorf –que toma su nombre del lugar donde se fundó la primera escuela- propone la educación como un desarrollo hacia la libertad individual, incorporando la expresión artística como un medio de aprendizaje en las materias curriculares. El canto, la música o la pintura no sólo tienen sus clases especiales sino que también se la utiliza en las de matemática, lengua o ciencias sociales para incorporar conocimientos específicos.

La UNESCO apoya y promueve esta pedagogía destacando la educación que en el niño logra sin descuidar los aspectos relacionados con su salud física y emocional. La pedagogía Waldorf divide la evaluación de los niños en tres septenios: la infancia temprana, la infancia intermedia y la adolescencia. Durante el primer período, los niños pequeños aprenden mediante sus sentidos y responden con la forma más activa de conocimiento: la imitación. El entorno, pues, debe ofrecer al pequeño abundantes elementos positivos para ser imitados y oportunidades para el juego creativo. En la infancia intermedia, que comienza a los siete años, la tarea del educador es traducir todo lo que el niño necesita conocer sobre el mundo al idioma de la imaginación. Vistos a través de la lente de la imaginación, la naturaleza, el mundo de los números, las matemáticas, las formas geométricas, y las tareas prácticas del mundo es recordado y aprendido. Los años de la escuela primaria son el momento para educar la "inteligencia sensitiva". Finalmente, durante la etapa adolescente – de los 14 a los 21 años- la personalidad celebra su independencia y busca explorar el mundo una vez más de manera distinta. En su interior, la joven persona ha madurado silenciosamente y está listo para conocer desde la particularidad de su propio ser.



En definitiva, hoy en día sabemos que educar es un proceso que va mucho más allá de la adquisición de ciertos contenidos académicos; los diversos sistemas educativos deben respetar las particularidades de cada sujeto que aprende y tener en cuenta su contexto económico y social. Ya a principios del siglo pasado la pedagoga italiana María Montessori planteaba que la educación se basa en un triángulo conformado por tres vértices: niño, ambiente y amor. Sólo en un espacio en el cual el niño se sintiera realmente valorado, respetado y contenido, acompañado por un ambiente sano y ordenado, sería posible un aprendizaje real.



Hoy en día los postulados del Método Montessori se vuelven cada vez más necesarios: en un mundo hiperconectado, en el cual las relaciones humanas se vuelven cada vez más mediatizadas, podemos elegir educar a nuestros hijos de una forma nueva, más respetuosa y humana. Según la filosofía de María Montessori el rol del adulto es guiar al niño, ser un observador, estar en continuo aprendizaje y desarrollo personal. El verdadero educador está al servicio del niño educando y debe de cultivar en él la humildad, la responsabilidad y el amor.

por Nadia Schiavinato



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