jueves, 12 de octubre de 2017

Mes de la concientización de la violencia doméstica




Uno de los primeros pasos para luchar contra la violencia doméstica es comprender esencialmente qué es. En la mayoría de los casos, la víctima no reacciona ya que no identifica que está siendo agredida o maltratada y por ello es importante concientizar sobre la problemática.

Violencia doméstica no es únicamente la violencia física, sino también psicológica y verbal. Desafortunadamente, éstos últimos tipos son los que menos huellas dejan y tal vez los más difíciles de detectar, tanto para la víctima como para quienes lo rodean. 

El maltrato y abuso en los hogares existió desde antaño. Lentamente, nuestra cultura fue comprendiendo que la violencia en los hogares en insana y psicológicamente brutal. Sin embargo, falta mucho camino por recorrer y todavía sigue ocurriendo por todo el mundo. Tal vez una de las principales razones sea la ignorancia: de la víctima, del victimario, del propio entorno que elige callar. Esto es justamente lo que permite que la violencia reine en un hogar, callar. Cuando no hay reacción, no hay denuncia, no hay ayuda de ningún tipo, el ambiente hostil continúa sin fin. 

Que la víctima hable puede ser complejo y doloroso, por eso es crucial que su entorno también hable por ella. Ante alguna situación de violencia los que pueden jugar un rol fundamental son los compañeros de trabajo, amigos, familiares, maestros o vecinos. 

Todos sabemos que no es algo que debe ser aceptado, pero ¿realmente nos involucramos si conocemos que sucede? Octubre es un mes para comprender profundamente que ninguna mujer, ningún hombre y ningún niño debería sufrir violencia doméstica. Muy despacio, nuestra cultura se acomoda y debemos seguir construyéndola para que en futuro, en todos los hogares haya únicamente paz. 







Por Natalia Stanchi para Proyecto Pura Vida

lunes, 9 de octubre de 2017

Donar un riñón, donar vida, donar EN VIDA






La Historia de Nilda y Carolina podría ser tu historia. 

“¿Tenés los dos riñones? ¿Sos CERO NEGATIVO? ¡Mirá que ando con un bisturí en la cartera” me dice Nilda, la mamá de Carolina, en broma. Pero detrás del chiste hay una realidad durísima. 

Nilda es una compañera mía de trabajo, y tiene una sonrisa hermosa y unos abrazos que dicen (en silencio) que todo va a estar bien. Su hija Carolina tuvo un trasplante de riñón hace cuatro años y su mamá fue la donante. Caro fue mamá en 2016, pero su riñón no acompañó ese acto inmenso de amor, y hoy funciona cada vez menos: se dializa tres veces por semana y cada vez son más los recaudos que tiene que tener para cuidar su salud. 

Cuando sobreviene un trastorno importante que afecta el desempeño de algún órgano vital (como lo es el riñón), es necesario un trasplante que permita sustituir las funciones del órgano dañado. Y ese órgano nuevo puede demorar días, meses y hasta años. Pero por suerte, Carolina tenía a su mamá, que le donó el riñón que le permitió ser madre, (y a Nilda le dio una nieta hermosa) pero que ya pide recambio. 

¿Y sabés qué? Nilda me contó algo que no sabía: cualquiera puede donar un riñón en vida y puede tener una vida perfectamente saludable con un sólo riñón. 

En Argentina no se permitía la donación entre personas vivas no relacionadas con el fin de evitar la posible venta de órganos entre desconocidos. Pero ya hubo varios antecedentes, donde mediante petición judicial, se lograron hacer los trasplantes: el primer caso fue el de Sandra Mihanovich con su ahijada, Sonsoles. Sandra fue la madrina de nacimiento de Sonsoles, y ése fue uno de los argumentos que aceptó el juez para hacer lugar al pedido y que autorizara la donación del órgano. 

Nilda, que además es abogada, me explicó que Sandra “tuvo que hacer una presentación judicial para que pudiera DAR. Hoy existe el trasplante cruzado, también por presentación judicial. Estos casos van dejando precedentes, jurisprudencia para los que seguimos.” 

Yo insistí: “Pero si yo quiero donarle mi riñón a tu hija, ¿puedo?”. La respuesta fue afirmativa, ahora ya hay jurisprudencia.

Según INCUCAI, en la lista de espera hay casi 8 mil personas. Todos, cualquiera de nosotros, puede llegar a necesitar un trasplante. A cualquiera le puede suceder que pierda la capacidad habitual que tienen los órganos de realizar funciones básicas para la vida. No somos inmortales, no somos eternos, no somos infinitos. Y es una decisión la que puede cambiar la historia (que tal vez sea tu historia). Animarse, conversar, tomar ese impulso para dar vida. 

El 15% de los trasplantes del riñón son de donantes vivos, el otro 85% son de donantes fallecidos. Pero esto puede cambiar, podemos aumentar (aunque sea de a poco), el número de donantes vivos. 

Terminando de escribir esta nota, para sembrar la semillita, para que comencemos a hablar de esto, para lograr - aunque sea- que tengas más conocimiento sobre el tema, me llegó un mensaje de Nilda. Descargué la imagen y era una foto de Carolina, su hija, dializando. Estaba junto a otra compañera, Alejandra, que necesita trasplante de hígado y de intestinos. “Doloridas, y siempre pisando en el borde de la cornisa, aguardan que aparezca un donante. Ambas están en lista de espera, Alejandra en los primeros puestos. No tenemos campañas suficientes para que se tome conciencia de la importancia de donar. Perdón que los moleste pero necesitamos ayuda para ellas y para todas las personas que necesitan un trasplante para seguir viviendo”.

Ella me pidió perdón por molestar. Y yo, le pido perdón por no ser CERO NEGATIVO y no poder ser donante de su hija. 

La donación de órganos es un acto de amor increíble, y fundamental para seguir viviendo. Es un compromiso que va más allá de la vida. Y por eso es necesario que lo difundas, que lo charles con tu familia y tus seres queridos, que compartas esta nota… Te doy las gracias de antemano, y te transmito la gratitud de Nilda, de Caro, de Alejandra y de todas las personas que esperan un transplante. 

Si querés ser donante, podés contactarte con el INCUCAI de forma gratuita desde cualquier lugar del país al 0800 555 4628 o bien enviar un correo electrónico a pacientes@incucai.gov.ar





Por Noyu Vega para Proyecto Pura Vida

viernes, 6 de octubre de 2017

Ansiedad en Primera Persona




Todos nos hemos sentido un poco ansiosos o preocupados alguna vez: mientras estudiamos para un examen, en los días previos a un evento importante, cuando estamos a la espera de recibir alguna noticia, sea buena o mala. Esto es totalmente normal, y estoy segura de que nadie dirá que es ajeno a ello. No representa un problema sentir nervios una semana antes de rendir un parcial, o mirar el reloj y sentir que avanza demasiado despacio cuando estamos tachando las horas que faltan para partir rumbo al aeropuerto y tomar un avión con destino a nuestras vacaciones soñadas. El problema aparece cuando la ansiedad y la preocupación se vuelven constantes y trastornan, modifican y hasta ponen impedimentos en nuestro ritmo y estilo de vida.

El trastorno de ansiedad generalizada se caracteriza por un sentimiento de preocupación constante y frecuente sin razón o motivo aparentes durante un período mayor a seis meses. Algunos de los síntomas que se presentan son ataques de pánico, fobias, miedo a una situación particular (a tal punto que se convierte en una obsesión), preocupación crónica y exagerada, agitación, tensión, problemas para conciliar el sueño e irritabilidad, por nombrar sólo los más comunes. También se manifiesta físicamente: dolores de cabeza (migrañas o jaquecas, incluso) , mareos, náuseas, pérdida o incremento desmedido del apetito, alteraciones en el peso, dolor muscular. Esto, por supuesto, puede llevar a otros trastornos. En mi caso personal, al igual que muchas otras personas, como consecuencia de mi ansiedad generalizada sufro de trastorno depresivo mayor. 

El trastorno depresivo mayor es otro trastorno del estado de ánimo. Es invasivo, es persistente, y rara vez se va sin ayuda de terapia y medicación. No se trata de estar triste un rato, unos días, o un tiempo porque nos ha pasado algo malo o que nos ha herido emocionalmente. Escribo esto desde mi experiencia como paciente (no tengo conocimiento médico más que el que he ido adquiriendo a lo largo de mi tratamiento): la depresión va más allá de sentirse desanimado porque nos fue mal en un examen, porque terminamos una relación o porque no nos llamaron para la entrevista de trabajo que tanto nos interesaba. Si bien todas esas situaciones pueden ser disparadores, la depresión involucra baja autoestima, pérdida de interés en cosas que antes nos gustaban y que amábamos hacer, apatía, imposibilidad de llevar a cabo tareas o proyectos que antes no representaban ninguna dificultad para nosotros y que incluso nos hubieran entusiasmado. El deseo de encerrarse en sí mismo, apartarse de los demás y pasar horas enteras recostados haciendo absolutamente nada comienzan a tomar posesión sobre nosotros. Y de repente nos encontramos presos de nuestra propia cabeza, que no para de ‘disparar’ municiones en forma de pensamientos negativos sobre nuestra imagen, nuestro entorno, nuestras relaciones interpersonales, nuestros sueños, ideas y ambiciones. Todo eso queda relegado a un segundo lugar.

La preocupación, la ansiedad, la tristeza y el desgano tejen una telaraña y nosotros quedamos del lado de adentro. Le contamos a otros lo que nos pasa, por qué estamos preocupados hasta el punto de mordernos las uñas (o, en mi caso, arrancarme la piel de labios y dedos compulsivamente), vomitar, no dormir o tener dolor en el pecho y la sensación de peligro inminente (porque se siente así: como si una fatalidad estuviera a punto de descender sobre nosotros). Y nos damos cuenta de que este problema que para nosotros es gigante y nos tortura a ellos les parece algo normal, o algo de fácil resolución. Yo he tenido ataques de ansiedad y pánico por cosas sencillas como ir a hacer un trámite, llamar por teléfono a un lugar para hacer una consulta, viajar por primera vez en una línea de colectivo que nunca antes tomamos. Cuando la situación eventualmente se resuelve o eso malo que pensábamos (que estábamos seguros) que iba a pasar finalmente no pasa, el alivio que viene, el ‘te dije que no era para tanto’, de familiares y amigos es pasajero e insaboro: nosotros ya estamos acorralados en una esquina de nuestra cabeza preguntándonos cuál será el próximo problema y qué dificultades nos deparará el día siguiente. Racionalmente yo soy (y antes de empezar a tomar medicación hace dos años también lo era) consciente de que la preocupación que tengo no me va a ‘comer’ como el lobo a Caperucita, que lo que me tortura no es tan terrible, que la solución es fácil y que si no hay solución la consecuencia no va a ser la muerte. Pero mi cuerpo no lo entiende y reacciona a todo como si se trata de una amenaza.

Cuento esto desde cómo yo lo viví. Estoy segura de que otras personas tendrán cosas diferentes para contar. Días enteros de mi vida los he pasado preocupada, descompuesta y angustiada por situaciones que tuvieron solución, que no eran tan graves, o cuyas consecuencias no desembocaban directamente en lo peor que iba a pasarme en la vida. En su libro autobiográfico, la comediante Tina Fey cuenta que antes de salir a escena siempre piensa que si el público no se ríe, si se equivoca en la letra o si algo sale mal durante la función, igualmente al final ella va a seguir estando viva. Siempre me gustó ese pensamiento: no importa qué tan mal salga esto que te da ansiedad o miedo, cuando se termine vas a seguir estando vivo. Es una frase que me repito mucho cuando algo me genera tanto pánico que pienso que no hay forma posible de que yo salga ilesa de esa situación.

Muchas veces también me he preguntado por qué tengo trastorno de ansiedad y trastorno depresivo mayor si nunca he vivido una experiencia traumática que lo desencadenara. De hecho, siempre me he preguntado por qué siento que toda la vida tuve ansiedad y depresión, incluso cuando estaba en el jardín de infantes y me daban miedo situaciones que otros compañeritos encontraban normales. O cuando a los 9 años tenía ataques de llanto si mi mamá se demoraba en llegar del trabajo; no importaba que la señora que me cuidaba me explicara que había cortes, o paro de subte, o una manifestación: en mi cabeza se había instalado la idea de que mi mamá no iba a volver, el miedo obsesivo a que si no escuchaba el ruido de la llave en la puerta a las dos en punto significaba que algo terrible había pasado. O cuando a los 12 años pasé tres días sin querer comer y sin querer subir o bajar las escaleras o tocar algún aparato eléctrico o ir al baño porque se me había metido en la cabeza el pensamiento obsesivo de que me iba a morir (fue después de ese episodio que mis padres buscaron ayuda profesional para mi y empecé el primero de trece largos años de tratamiento psicológico). No me conozco sin ansiedad y preocupación, y nadie que me conozca podría hablar de mí sin utilizar la palabra “ansiosa” o “exagerada en cuanto a sus temores”. 

Los profesionales de la salud que investigan estos temas coinciden en que hay un factor hereditario involucrado. En mi caso yo sé que es así, y mi psiquiatra está de acuerdo. Toda la rama de mi familia materna (madre, tía y abuela incluidas) tienen depresión y están en tratamiento. Hace poco mi padre fue diagnosticado con depresión y trastorno de ansiedad y comenzó su tratamiento (el chiste recurrente en mi casa es que como todos tomamos medicación psiquiátrica en vez de tener golosinas en una caramelera tenemos drogas prescriptas). Mi abuelo y tío abuelo maternos se suicidaron porque tenían trastorno bipolar. Es una cuestión genética: las sustancias que mi cuerpo no produce las cantidades correctas de las sustancias reguladoras del estado de ánimo. Produce mucho de algunas y poco de otras. Por eso tomo medicación que le da un empujoncito y lo ayuda a realizar la tarea, compensando lo que falta y anulando los efectos del excedente. 

Cuando empecé a tomar la medicación en 2015, llevaba diez años de terapia psicológica con una profesional que no estaba de acuerdo con que yo viera a una psiquiatra y pensaba que yo era capaz de manejar mis propios miedos e inseguridades desde el espacio brindado por el psicoanálisis. Durante mucho tiempo yo también creí eso, pero 2015 fue un año en el que la ansiedad y la depresión estaban impidiendo que disfrutara de mi trabajo, de mis amistades y de la vida cotidiana. Los episodios eran cada vez peores, cada vez más frecuentes, y literalmente no tenía paz mental. Fui a la psiquiatra por decisión propia y acompañada por mi mamá después de pasar una semana entera llorando y tirada en la cama sin querer hacer nada porque tenía conjuntivitis y no podía ir a trabajar, y estaba aterrorizada de que me echaran al regresar a mi puesto con el alta médica (nada más alejado de la realidad). La psicóloga no estaba de acuerdo, pero yo entendí en ese momento que había cosas que yo podía decidir, y consultar a una psiquiatra para acompañar con medicación la terapia era una de ellas. 

Por supuesto que las pastillas no son la solución mágica. Hay mucho conductual detrás de la depresión y la ansiedad, y a veces tengo episodios o me encuentro ante situaciones que no logro manejar con la misma facilidad que lo harían otros. Pero puedo decir que he mejorado. Costó. Cuesta adaptarse a la idea de que tenés que tomar una medicación todas las mañanas a la misma hora (y tiene que ser a la misma hora, porque al menos en mi caso la abstinencia de la droga que tomo es terrible y me descompongo si pasado un rato no tomé la dosis) para salir a trabajar, a estudiar, a vivir con las mismas aptitudes que hacen funcionales a los otros que vos mirás (a veces con algo de envidia) y te preguntás cómo hacen para no vivir con miedo a todas las posibles cosas que pueden salir mal. Cuesta hacerse a la idea de que por el resto de tu vida vas a tener que depender de químicos para regular el funcionamiento de tu cerebro (por decirlo burdamente).

Cuesta, pero no es imposible, y el resultado vale la pena. Ahora ya no me da miedo salir a la calle sola, tomar un medio de transporte con el que no estoy familiarizada, ir a lugares nuevos, conocer gente nueva. No me genera estrés o angustia o síntomas físicos si me equivoco en algo en el trabajo, si me olvido de avisarle algo a mis jefes o a mis compañeras. Entiendo que estas cosas pueden pasarnos a todos y que no me van a echar por un error mínimo. Ya no me torturo pensando qué pude haber hecho mal si una amiga tarda en responderme un mensaje. Ya no me obsesiono con cosas a las que los demás no le tienen miedo. Es una lucha diaria de todos modos porque la medicación no erradica absolutamente todo, pues hay cosas que, como ya dije antes, tienen que ver con la conducta o con cómo es uno. La medicación no te convierte en un robot perfecto al que no le preocupa nada, sin sentimientos y sin posibilidad de sentir ansiedad o temor. Claramente sigo teniendo ansiedad o temor ante cosas que lo ameritan, como rendir un final en la facultad, o cuando estoy preocupada por la salud de un ser querido. Pero ya no me paralizan cosas que para el resto son comunes y fáciles de manejar. Ya no veo monstruos y amenazas en todos lados.

La primera vez que fui a la farmacia con la receta de los medicamentos me acompañó mi mamá. El farmacéutico la conoce hace años, pues desde 1998 ella le compra los medicamentos que le indica su psiquiatra. Le dimos la receta con mis datos y él no pareció sorprendido para nada de que fueran para mí y no para mi mamá. También en esa farmacia de barrio atendida por su dueño compran desde hace casi veinte años mi tía y mi abuela. Cuando salimos le comenté a mi mamá que el farmacéutico no se había sorprendido de que otro miembro de esta familia necesite tratamiento psiquiátrico. Mi mamá me dijo “es un tratamiento como cualquier otro prescripto para personas con algo crónico, la finalidad es mejorar tu calidad de vida”. 

Tenía razón.




Por Daiana Vaquero Vega para Proyecto Pura Vida